PIJACA (MERCADILLO) UN LUGAR QUE SIEMPRE HEMOS NECESITADO

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Esta es una traducción de la historia PIJACA – MJESTO KOJE NAM UVIJEK TREBA

 La guerra pone a las personas en unas situaciones en las que nunca habían estado antes. Una de las cosas más dura durante la guerra de Bosnia fue la escasez de comida. La comida se encareció mucho, especialmente en las ciudades. La mayoría de las personas gastaban sus presupuestos mensuales y después empezaron a vender sus pertenencias con el fin de comprar algo de comida. Dimos algunas cosas para vender en las tiendas de la ciudad, pero tan sólo unas pocas estaban abiertas. El resto de las cosas las llevamos a “pijaca”. Pijaca era un mercadillo donde se podía comprar o vender cualquier cosa. Llevamos  nuestras cosas a “pijaca”, en donde nos convertimos de alguna manera en vendedores. Para los residentes de Tuzzla, el “pijaca” más popular estaba a unos pocos kilómetros fuera de Tuzzla en un pequeño pueblo de Srebrenik. Fuimos a Srebrenik a las cinco de la mañana cargados de bolsas y cajas intentando conseguir el mejor sitio en el campo de fútbol convertido en “pijaca”. Preparamos un stand con un papel y mantas colocadas sobre la hierba, una mesa plegable y algunas estanterias. Entonces colocamos nuestros productos y esperamos a que aparecieran los primeros clientes. Entonces el juego de “pijaca” comenzó. Los clientes miraban los productos; los vendedores hacían su negocio de la manera más ventajosa posible. Vendíamos literalmente de todo: ropa, zapatos, utensilios para la casa, ropa de cama, cuadros, libros, souvenirs, piezas de cristal, baterías de cocina, juguetes, muebles, alfombras… Lo más interesante era que todas esas cosas de hecho se estaban vendiendo. La gente vendía las cosas que compraron en su momento, que incluso nunca las habían usado y las encontraban innecesarias. Mientras otras personas las querían comprar y probablemente creían que las necesitaban. El comercio se hacía con marcos alemanes. A veces también se intercambiaba por comida, pero normalmente era un mal negocio porque la crema agria y el queso a menudo se estropeaban de camino a casa. Todo era anormal en tiempos de guerra y esos eran los precios. De esa forma, una televisión costaba unos cuantos kilogramos de harina, el oro no era buen comercio, pero la gente pagaba un buen dinero por algunas tonterías sin tan siquiera pensarlo. Cuando los clientes dejaban todo empacado, intercambiaban las experiencias del día mientras preparaban la vuelta a casa. Tenías la impresión de que todo el mundo se sentía más o menos satisfecho al igual que los clientes. Podemos decir que las leyes de mercado que funcionaban en “pijaca” eran una dimensión especial de defensa contra el sinsentido de la guerra. Aquellos días eran más placenteros porque la atmósfera era lúdica; mucho humor y mucho talento revivieron. Borramos la realidad de la guerra durante algún tiempo cambiándolo por algo que sí tenía sentido en aquel momento. Nuestras reuniones eran espontáneas y compartíamos muchas cosas. Esta historia podría ser un mensaje para los consumidores de hoy en día: no necesitamos todas esas cosas que intentan vendernos aunque nos intenten convencer de lo contrario.

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